Alicia Llarena, Prólogo de El crimen perfecto, Las Palmas de Gran Canaria: Anroart Ediciones, 2005, pp. 9-12. Volver Atrás

Cuando se reúne la obra de un poeta -su obra completa, o bien su obra publicada hasta la fecha, como sucede en este caso- se da al lector la ocasión de acompañarlo en ese lento proceso de maduración que, desde sus orígenes, va fraguándose en la superficie de su expresión literaria y en lo más hondo de su cosmovisión ideoestética. El crimen perfecto es, por tanto, el diario de esa experiencia, el cuaderno de bitácora de un poeta que arriba a la escritura y que, en ardua pelea con ella, nos desvela en este libro los secretos, los artificios y las pasiones de un viaje literario muy personal. Aquí se reúnen Sea de quien la mar no teme airada (1995), La luz que nos hiera (1995), Aun amar adverso (1996), Ultimar en tus brazas (1998) y Bestiario de la implicitación (2000), cinco eslabones de una cadena lírica que en cada una de sus piezas va urdiendo la identidad creativa de Federico Silva y cuyo proceso no se detiene en estos versos: primero, porque Federico es un joven poeta todavía, un poeta abierto como un libro a los días venideros; segundo, porque en estos días, precisamente, acaban de aparecer dos nuevas entregas poéticas, Este hombre que está junto a ti al borde extático del precipicio (III Premio Hispanoamericano de Poesía Dulce María Loynaz en 2004) y Cuando menos se piensa salta el gatoliebre, títulos al que se sumará muy pronto el que ya está en la rotativa, Era Pompeia, laureado también con el Premio de Poesía Tomás Morales de 2004.
Entregado visceralmente a la poesía -como poeta, lector y hombre al mismo tiempo-, la verdad es que el camino literario de Federico Silva es singular por todos los costados. Resulta curioso, por ejemplo, que siendo el vate iluminado de un nuevo estilo en la poesía de las islas, del que pronto se contagiaron algunos de sus coetáneos (Pedro Flores o Tina Suárez, por ejemplo) fueran éstos quienes encontraron primero el reconocimiento de los premios en distintos certámenes literarios. Y si ya es difícil crear escuela y dejar huella, no menos complicado resultará entender esos caprichosos avatares del destino que recompensan al maestro a través del éxito de sus pupilos. Años más tarde, sin embargo, el tiempo empieza a cumplir su sabio oficio restaurando la escritura de Federico al lugar que le corresponde, no sólo con la obtención de los dos premios mencionados anteriormente y la publicación de sus libros hasta ahora inéditos, sino sobre todo con esta edición de sus primeros poemarios, los mismos que impregnaron hace tiempo el espíritu creativo de otros poetas y que avivó como una antorcha el panorama de la literatura isleña.
Más allá de esta anécdota, la singularidad de Federico Silva se avista en distintos niveles de su poesía e incluso en la claridad con la que apuesta y con la que expresa su iconoclasta postura estética. No es un poeta fácil, pero no es tampoco un poeta hermético; no hace concesiones al lector, pero tampoco se las hace a sí mismo; no se vende a la fútil celebridad que puedan dar ciertos versos, pero tampoco al cómodo recurso de una fórmula reiterativa y confortable; no es un poeta intrascendente o frívolo, pero no es tampoco un poeta serio, perdido en hieráticos ombliguismos. Mucho más que eso, Federico es un escritor que ha sabido encontrarse a sí mismo y que apuesta por seguir sus pasos desoyendo a las dulces sirenas que intenten apartarlo de su personalidad poética, un gesto de honestidad y de valentía, por cierto, poco frecuente en estos tiempos. Su apasionada sinceridad es abrumadora, porque tiene mucho de autobiográfica su poesía y es posible adivinarla en cada verso. Sus latidos conmocionan porque son auténticos y porque se revisten, sobre todo, de una expresión literaria que no es menos legítima y verdadera. Para lectores avezados, además, tienen sus versos guiños cómplices que no sólo alimentan el espíritu, sino que estimulan la mente con las copiosas alusiones del surtido acervo cultural que maneja en sus poemas, a tono con su pasión lectora y con su propio espíritu universalista, atemporal y ecléctico: "Mi posición -ha dicho- es que sólo a través de lo más avanzado que ha producido el pensamiento humano (canario o universal) podemos acercarnos a nosotros mismos. Míos son Aridjis, Altolaguirre, Brines, Carrera Andrade, Juan de la Cruz, Espinosa, Fernández Moreno, Nazim Hikmet, Homero, Elena Jordana, Juvenal, Larrea, Lautréamont, Carlos Edmundo de Ory, José Emilio Pacheco, Parra, Iván de la Peña, Diane de Prima, Bertalicia Peralta, Pound, Quesada, Rivero, Pablo de Rokha, Sabines, Cintio Vitier, Whitman, Yevtushenko, etcétera".
Precisamente, de esa fidelidad a sí mismo y a su imaginario personal emana la singular expresión poética de Federico, en una suerte de intimidad y ósmosis por la cual la obra contiene al creador y viceversa. Su identidad ("sí/ decididamente yo soy/ un hombre que ha roto/ más de un plato") y su provocadora poética, visibles en varios de sus poemas -"Variaciones sobre una poética" o "Carta a un joven poeta", entre otros- se hace explícita en el plano formal de un lenguaje plagado de hallazgos y sorpresas, rompedor y antiacadémico, desafiante e inconformista, iconoclasta y lúdico: "sé que en mis versos no/ habrán de hallar/ el savoir faire/ el fair play/ a tutiplén el glamour/", "así las cosas/ mis versos/ serán perjudiciales/ para el desa rrollo integral/ y perfecciona mienten/ de las faculta/ des específica mente/ umanas". Y es que ya lo dijo el propio Federico Silva, "me niego a ser un poeta de salón. Si es preciso antes la vida que la literatura", de ahí su conciencia y su apuesta por la eficacia expresiva y por la capacidad comunicativa de sus versos, audaces investigadores de un lenguaje que articule ambas dimensiones hasta hallar el perfecto maridaje entre la poesía y la vida, la pasión y la forma, el continente y la idea. Ni fácil, ni familiar, ni obvia ni transparente, pero tampoco académica, empalagosa, erudita o pedante (aunque es Federico un hombre culto), en sus libros desempeñan un papel esencial el sentido lúdico del lenguaje y la profanación de lo clásico y lo evidente, tanto como el testimonio de lo humano y el registro de la experiencia. No en vano el poeta se ubica abiertamente en la "poesía de la experiencia", enfrentado a la llamada "retórica del silencio", o como él mismo la describe, a "la estética del no sabe/no contesta".
En diálogo permanente con sus autores preferidos y con los signos culturales más próximos, las alusiones y los guiños intertextuales son constantes, abundantes y poliédricos (obsérvese el largo ejercicio-homenaje de su Bestiario de la implicitación), conjugando la expresión vanguardista con la mitológica, el desenfado del lenguaje coloquial y moderno con la reescritura del español de otros siglos, el vocabulario científico con la reconversión juguetona de clichés y frases hechas, los juegos de palabras con el préstamo de poetas clásicos, las alusiones políticas con citas artísticas y literarias, las referencias externas con la intimidad personal y cotidiana de su propia biografía. Dueño de un lenguaje original y propio, Federico posee una desbordante audacia léxica que maneja sin ataduras y con deliciosa habilidad, distorsionando la sintaxis con descaro, practicando encabalgamientos insolentes, experimentando con la intensidad de la vanguardia y cerca, en ocasiones, de la poesía visual. En su rica diversidad formal, no menos interesante resulta su inteligente uso de la parodia, de la ironía, del humor y del ingenio, una ácida visión del lenguaje y del mundo que huye con gracia del chiste fácil para fortalecer, en cambio, el profundo mensaje de su crítica a la realidad o, incluso, las humanas contradicciones de su encendida pasión erótica y amorosa.
Pero no desvelemos desde ahora todos sus secretos y celebremos, en cambio, en El crimen perfecto, la autenticidad de una propuesta poética que ha venido a oxigenar con desparpajo e inteligencia la lírica insular, a expandir sobre el océano la intensidad de una personalidad arrebatada y única y a conmover corazones y cimientos con el lenguaje desacostumbrado y nuevo que nos regalan estos versos.


Alicia Llarena
Catedrática de Literatura Hispanoamericana ULPGC
Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 2005



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