Pedro Flores, “Este poeta es mío”, La Provincia (Las Palmas de Gran Canaria), 22 de febrero de 1996. Volver Atrás

"Yo vivo en guerra con los hombres y en paz contra mis entrañas"
(Federico J. Silva)

Entre los meses finales de 1995 y los iniciales de este año, estaba prevista la aparición de tres libros (si es que aspectos "burocráticos", pero a veces tan presentes en esto de la literatura, no lo retrasan más) de tres libros, como digo, de poesía del escritor grancanario Federico J. Silva, que ya publicara hace unos pocos años, junto a otros autores el poemario Eppur si muove, además de numerosos poemas y otros trabajos en varias revistas literarias.
Creo sin temor a equivocarme, que los tres libros de que hablo, La luz que nos hiera y Aún amor adverso, de próxima aparición en la colección Nuevas Escrituras Canarias y en las ediciones del Cabildo grancanario como accésit del Premio Tomás Morales de 1994, respectivamente, y el que ahora acaba de ver la luz, Sea de quien la mar no teme airada, en una inmejorable edición de la colección San Borondón de El Museo Canario, originalmente ilustrada por Rogelio Bautista, marcan una pauta en el devenir de la poesía canaria de los últimos años, y creo que de ello el tiempo dará buena cuenta. El fraileoniano título encierra, o más bien desata, un conjunto de poemas que difícilmente después de leídos nos devolverán con los mismos ojos al contexto mismo de la poesía.
Absténgase, pues, quien tema la mar airada, que a buen seguro estos versos son una tempestad en la calma chica endémica en que a veces se convierte el verso.
A mi modo de ver, la cualidad básica de la poesía, yo diría más su misma esencia, es, o ha de ser, la capacidad de consternación. Hay en estos momentos, muchísimos excelentes poetas, verdaderos, valga el tópico, artesanos del verbo, osados espeleólogos del verso, etéreos funambulistas de la palabra, pero pocos son, a mi modo de ver, los poetas con esa difícil y arriesgada capacidad de consternación.
La primera vez que escuché hace ya algunos años, poemas de Federico J. Silva, supe que estaba ante uno de esos pocos poetas, uno de esos autores que le hace a uno reconocer el sentido principal de este oficio sin beneficio. He leído desde ese momento, y con el mismo estremecimiento de aquella primera audición, cuanto de su mano ha salido.
Hemos compartido desde entonces, micrófonos y páginas, poetas mutuamente admirados y los propios versos, y he de decir que es siempre una sobrecogedora experiencia asistir a esa mezcla de asombro y cataclismo que sus palabras producen, es decir, el estampido directo de la poesía misma, y ser de alguna forma partícipe del efecto sin concesiones de estos versos en el epicentro de la literatura más viva.
Hago mío ese verso de Carlos Drummond de Andrade: "Estos poetas son míos", con el que Mario Benedetti titulara uno de sus poemas, y declaro que desde el más airado de los mares, que éste poeta, es mío. 



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