Pompeyo Pérez Díaz, “La luz que nos hiera, de Federico J. Silva”, La Plazuela de Las Letras (Las Palmas de Gran Canaria), nº 8 (enero de 1997), pp. 51-52. Volver Atrás

Cuando se presenta un libro, acto social muy popular en círculos literarios y asimilados, se suele encargar tal tarea a alguna persona que, además de pertenecer a ese entorno de una u otra forma, mantenga una relación de amistad con el autor en cuestión, de tal manera que la susodicha presentación acostumbra a estar plagada de guiños y alusiones privadas que disfrutan mayormente las escasas personas que saben realmente de lo que se está hablando. En otras ocasiones, las palabras introductorias son encomendadas a algún sesudo crítico local que aprovecha la ocasión para mostrar su más florido repertorio de léxico premeditadamente rebuscado y para encuadrar el libro en algún cruce de caminos de complicados paradigmas teóricos/ lugar en donde el autor no había imaginado acabar ni siquiera en sus sueños más inquietantes.

Por ese motivo, la perplejidad inicial que me asaltó cuando me fue propuesto este acto se tornó pronto en regocijo por lo que de anticonvencional tiene el hecho y porque, como señaló Bretón, aquí y en todas partes hay que acorralar a la bestia loca del uso. Como músico que en ocasiones se disfraza de literato con fines nada claros, me aventuro, pues, a hilvanar algunas frases en torno a estos versos.
La luz que nos hiera consta de una sección principal, Las cosas que se dicen, seguida de otras de mucha menor extensión, Epistolario y Fin de la Historia, que parecen actuar a modo de codas para concluir el libro. Desde el principio, el poeta se orienta hacia una celebración de la pasión erótica que elige, para representar la paradoja de la variación en el acto siempre repetido, el camino de la diversidad formal que, por medio de un verso sin ataduras, se articula en poemas breves o largos, en usos esporádicos del espacio en blanco, en acercamientos a la poesía visual, en la mezcla de lenguajes.

Así, los destellos surreales, "sin ti/ nada es/ guillotina de los relojes", o los momentos de intensidad desatada, "tuyas son las brasas exhaustas/tuyos los parpadeantes rescoldos/incandescente pirómana mía", quedan salpicados entre recurrentes juegos de palabras, reconversiones más o menos iconoclastas de frases hechas y, sobre todo, un uso controlado de la ironía y de la irrupción de lo cotidiano en el poema.

Tal vez se pueda decir que en este uso de la alusión irónica, "te quiero/ casi tanto/ como a los polvorones/de eidetesa", y del entorno urbano y lleno de cotidianeidad es donde La luz que nos hiera alcanza una mayor complicidad con el lector, que recibe sin tregua una mezcla de alusiones ardientes a los cuerpos y sus actos con los guiños fruto de una ternura desmitificadora. De esta manera, la ciudad, las máquinas y los muebles, por ejemplo, no representan en Federico J. Silva, como en otros autores, un entorno hostil o el barniz de un cierto glamour oscuro, sino un elemento más dentro de las variadas referencias por donde se mueve su escritura: "¿con mis manos como labios en tu pelo?/ ¿con tus labios como dedos en mi cuello?/ ¿tu lengua electrizando mayonesa como una minipimer moulinex?".

Las muestras de pesimismo, retratos de abandono y dolor que aparecen en cierto momento del libro, muestras al fin y al cabo de otro aspecto colateral a la pasión, sirven para entroncar quizás con la atmósfera de súbita reflexión que aflora en los dos últimos poemas de la obra. En ellos su autor despliega su ideología artístico-vital tanto en la extraversión, en "Carta a un joven poeta", como en la introversión, en "Fin de la Historia", constituyéndose en un epílogo que actúa como pensamiento inmóvil y cadencial frente al trayecto carnal y agitado de todo lo anterior.

En definitiva, y dado que son el autor y su obra quienes deben expresarse con amplitud, sólo me resta desear que a La luz que nos hiera, que está apunto de navegar por el tene-broso mundo editorial de las islas, donde los libros publicados mueren en los rincones más recónditos de las librerías o en su desesperado intento de cruzar el Atlántico más feroz que el que nunca enfrentó marino alguno, reciba el número de lecturas que merece por su pasión, su frescura y su poético antiacademicismo.

(Palabras expresadas en la presentación de La luz que nos hiera en el Ateneo de La Laguna el día 10 de junio de 1996).

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