Manuel Díaz Martínez, "La luz que nos hiera", Espejo de paciencia, Revista de Literatura y Arte (Las Palmas de Gran Canaria), nº 2, (1996), p. 106. Volver Atrás

Federico J. Silva es un nombre de la nueva poesía de Canarias. Nueva porque es la más reciente, pero también -y es esto lo que más importa- porque irrumpe con voz e intención que la diferencian de la inmediatamente anterior.
Federico J. Silva publicó en 1995 su primer libro: Sea de quien la mar no teme airada. En 1994 ganó un accésit del Premio de Poesía «Tomás Morales» con otro: Aun amar adverso. Y ahora nos ofrece el titulado La luz que nos hiera, publicado este año por la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias en la colección «Nuevas Escrituras Canarias», que ojalá tenga larga vida porque a través de ella está abriéndose paso una intelectualidad joven, llamada a revitalizar y renovar -a perturbar- la vida espiritual del archipiélago.

Estamos en presencia de un poeta rompedor, transgresor, desafiante, cuya inconformidad hace impacto, en primerísimo lugar, sobre el lenguaje. La poesía se hace con palabras (¿fue Mallarmé quien subrayó esta obviedad?), porque está en las palabras: las cosas están en el mundo para todos, pero son las palabras las que las desvelan e iluminan, las que las vuelven "poéticas", es decir, provocadoras. Es evidente que Silva lo sabe, por eso ha empezado su tarea de poeta demoliendo el lenguaje heredado de otros y reconstruyéndolo a la medida de sus propósitos. Y en esta empresa ha empleado, con manifiesto conocimiento de causa y efecto porque es un poeta culto que no lo oculta, materiales extraídos de las al parecer inagotables canteras vanguardistas -del surrealismo, del creacionismo, del estridentismo-, y ha hecho un uso delicioso de la parodia -ver sus «Apócrifos de dos poemas de Ernesto Cardenal»-, del encabalgamiento, de la distorsión sintáctica, de las ingeniosidades maliciosas que permite la intertextualidad y de la recreación léxica mediante la disección de los términos.

Silva se presenta como un hábil e inteligente artesano. Pero, afortunadamente, ahí no para la cosa. Su desparpajado y a veces insolente experimenialismo va más allá de lo virtuoso y vistoso. El ingenio no basta para lograr un poema; el ingenio, sin más, puede frustrar un poema, convertirlo en una humorada, rebajarlo a chiste. El ingenio, en los poemas de Silva, es sustancia de la retórica que sirve de soporte al mensaje a contracorriente, retador, desmitificador, de este poeta, en el que un humor pertinaz muestra los filos de la ironía y hasta del sarcasmo, porque es humor que parte de una postura crítica frente a la realidad que nos circunda.

Lo más importante de la obra de Silva hasta hoy es la imagen que ella da de él: la de un poeta que ha huido de lo trillado y ha escogido un camino de aristadas posibilidades. (Recuerdo que Lezama decía que sólo lo difícil es estimulante.) Hay coraje intelectual en la decisión de Silva, y ya sabemos que un poeta sin coraje intelectual mejor se calla. La luz que nos hiera nos pone en presencia de un poeta con imaginación, inconformidades, osadía y cultura; en fin, de alguien que ya ha empezado a darnos una sorpresa.

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