Domingo-Luis Hernández, “Un premio, un libro”, La Página (Santa Cruz de Tenerife), nº 60 (2005), pp. 59-62. Volver Atrás

Dije en otra ocasión que el Gobierno actual de las Canarias tiene discurso; precario (apunté), teóricamente incipiente, casual, también causal, pero tiene discurso. Y lo manifiesta sobre la actitud de los otros gobiernos que hasta ahora han sido, que fue doble: una, huir delante del discurso que debe ser pronunciado (y que no formularon por su atolladero o por su impericia); y, dos, mirar con soslayo pero con cierta, probada y pagada complacencia a quienes sostuvieron y sostienen que nos reconocerán a los canarios por la suficiencia.

A pesar del modo en que nos aprecian los Otros (por ejemplo, la frustrada Constitución de la CE nombra a Canarias como zona «ultraperiférica»), la exégesis que explica ese lugar en la cultura y el pensamiento se mueve entre la raquítica línea de dos temores y un aprecio más bien menesteroso. Los temores: uno, el miedo a ser en competencia, por el que gravita el peso de la parcialidad, en tanto los muros se cierran y los individuos se pierden en la fortaleza insular. El segundo temor parecería que repite el ya dicho; y no, es diferente, si bien es verdad que éste que enunciaré ahora hace al primero más atroz. Es el miedo a ser confundidos, de donde la diferencia del Otro se interpreta por su gravedad.

Lo menesteroso lo apuntó Andrés Sánchez Robayna hace unos años y otros lo siguen: ser una «microtradición» en el vasto imperio de la lengua.

Para el primero de los temores, alguien dijo que lo leyó en gaceta de arte y tradujo la pericia de la Vanguardia insular con la palabra «cosmopolitismo», a todas luces ruin y espuria para la llamada «identidad». Para el segundo, es frecuente escuchar la absurda y paradójica aporía de suponer que la diferencia del Otro arruina/puede arruinar mi diferencia, y no al revés. Cuestión de debilidad, pues, en ambos casos y de lecturas falsas, porque el llamado «cosmopolitismo» de gaceta de arte es tan deudor de la esencia misma de las culturas de frontera como la actitud de Cairasco de Figueroa en el XVI, o la de Borges en Argentina, por no citar a Faulkner, Pound o Coetzee. Ni que decir tengo que estamos ante una lucha vieja en Canarias; y superada en otros lugares del planeta que comparten con nosotros el construir luego del desplazamiento central, de hacer productiva la doblez y (por qué no también) la heteroglosia.

La primera de las posiciones, por tanto, es ridicula y adolece de análisis; incluso habremos de afirmar que las lecturas son parciales o no hay lecturas. Eso deducimos al recorrer la mentada gaceta de arte y su proyecto de aunar el discurso extremo de la Vanguardia europea con la de organizar el paisaje, la arquitectura o la literatura de las Islas. Falta de análisis, apunté, y resume la incapacidad de satisfacer planos teóricos a partir de la ausencia del padre y con su ausencia (en la que no sobra, en modo alguno, la culpa por el parricidio) inventar el orden, suplir las elipsis, recomponer la historia invirtiendo las posiciones y las miradas, como ha ocurrido en la África o la América postcoloniales.

Dos modos se refieren, por tanto: Uno; el lugar interpretado como refugio. Y no está mal recordar lo que ha ocurrido en los últimos meses en Europa, incluso subrayar los sutiles paralelos entre las horrendas guerras recientes -que jalonan el extremo de esta línea (como la de los Balcanes) - con el «no» al euro de Dinamarca, el de Holanda a la Constitución europea, la protección estatal a la natalidad, los episodios racistas o las excentricidades nacionalistas, en definitiva, el «preclaro» encierro en el círculo de tiza de la esencialidad y el peso del padre Patria, del padre Nación, del padre Estado.... En el segundo de los modos se encuentra la cada vez más denostada «novelería», que dio valor nuevo, por ejemplo, a las literaturas inglesas por los escritores norteamericanos o a las españolas por los escritores hispanoamericanos.

Hay discurso, digo. Don Adán Martín Menis habló de «tricontinentalidad». Cierto que el énfasis en lo causal tiene arrimo en el complot político y económico (así se mueve el mundo, dirían los liberales), y que, por lo tanto (como cantó Facundo Cabral para América), si ahora descubrimos África no lo hacemos «por pura casualidad»; cierto, pero es la piedra de toque para, de una vez, definir, considerar, aceptar... y no hay mal que por bien no venga ni noche más larga de lo debido.

Somos una cultura de frontera. Si la dictadura de Franco colocó a Canarias en el mapa de España cerca de las Baleares es porque hacía acopio y manifestaba su sentido. El temor político e identitario al vecino no es un consuelo. Los mapas se dibujan y, pese a todo, no sustituyen al mundo (ni siquiera en la literatura, cual soñó Borges). Es decir, Marruecos está allí; África está allí; nos visita en forma de calima o de pateras. Ni a nosotros han podido mudarnos de lugar ni ellos se mudarán o se quedarán quietos porque los de esta frontera del desarrollo lo decretemos. Los mapas se construyen para representar la realidad (incluso para imaginarla o para inventarla). Lo uno es laberintos creados por los hombres para ser leídos por los hombres; lo otro es el laberinto inefable de la casualidad, de una atrocidad a la que dedica algunas páginas el filósofo italiano Massimo Cacciari.

Cultura y frontera son las palabras que a veces el padre nos negó y otras nosotros nos negamos. Nacimos por el desplazamiento central, colonial; nos formó las adiciones; y nos queda el camino del "restañamiento" de la peculiaridad. El Presidente de Cananas quiso decir que somos una realidad postcolonial, transfronteriza; el sur más sur de Europa; camino entre Europa, el Magreb y América. Queda dicho.

Incluso en la dialéctica nacionalista, es un disparate sostener que la exclusión es el fundamento «nacional», menos en el lugar que habitamos (incluso cuando habitar el lugar se convierte en un problema) y en la realidad que nos define. La exclusión siempre deja la cola hiriente del ser parcial, indefinido, perentorio... y lo construido, siempre y a pesar de todo, supera al perentorio estar.

Frontera de encuentro y no de pelea; de diálogo y no de imposición. Soy y no soy; eres y no eres. Lo demás es pura majadería.

Los elementos que antes consideré nos dicen en lo cultural, nos condicionan; como condiciona la «suficiencia» tardonacionalista. Vuelvo a Borges, que dijo: habito el lugar y hablo el idioma que habla el lugar, pero no olvido que soy un humano y que todo lo humano me importa.

Ése, por tanto, no es el problema, aunque los localismos (con sus atrabiliarios localistas vociferando) lo sitúen en la cumbre de sus obsoletas preocupaciones. Se discute la «malformidad» de la frontera, el «monstruo» de las sumas, el Frankentein de los retales; pero asimismo la anomalía creativa.

El análisis de lo inefable implora aclarar los síntomas. Ser así no implica vivir el amparo de la «reserva» (en el parque jurásico creado por Spielberg). Absurdo pensar que mi identidad la salva negarme a analizar y aceptar la diferencia del Otro. El Otro diferente me hace diferente, aclara mi diferencia que es mi identidad.

Así pues, por casualidad, el actual Gobierno de Canarias encuentra el Premio Hispanoamericano de Poesía «Dulce María Loynaz», que hereda de gobiernos anteriores. Un periodista dijo, en la presentación oficial de este año, que cualquier nombre de allí (de Canarias) era mejor, desde Mencey Benchomo a Luis Feria o Pedro García Cabrera, pasando por Cairasco, Viana, Estévanez, Quesada, Albelo... Casualmente yo creo que esta incidencia es productiva.

Dulce María Loynaz tiene un libro que los canarios debiéramos leer con esmero. Se llama Un verano en Tenerife. La poeta viene a la Isla para confirmar lo que su marido (natural de Tenerife) le transmitió en la distancia y que sólo era palabras. Las voces de la partida resuenan en las incertidumbres de la llegada. Así es el mundo dicho; así el real. Dulce María Loynaz explica en su libro lo que somos y lo que nos representa, desde el soplo lejano de los mitos, las palabras vencidas de los clásicos, a las ruinas. Somos paraíso y restos del paraíso; ensoñación, memoria y presente. Falta la pieza angular de la relación dialéctica (tantas veces negada, como he dicho) que este Gobierno insinúa y que todos esperamos resolver: recuerdo y transformación, palabra en fuga que se completa con la palabra proyecto.

Una insular como nosotros nos muestra la verdad; una insular forjadora de palabras nos recorre, nos ve con la objetividad del extranjero y la complicidad del afecto.

Metáfora habemus, pues: esa es la esencia: sueño, interpretaciones ensimismadas, interpretaciones negadas, ojos que nos ven, múltiples voces, múltiples discursos...

América y Canarias es otra realidad, mas no como la fabrica un periódico de Tenerife (que llama a Venezuela «la octava isla»). El argentino Abel Posse, el creador de Los perros del paraíso que no nos ignora, habló de laboratorio de pruebas, de portaviones de la agresión... Es decir, historia compartida, expectativas de análisis compartidas. Canarias funda América, y al revés (incluso en las desproporciones). Es singular, por lo tanto, y casualmente comprometido que exista un premio como éste. Incluso es aleccionador a la hora de fijar alternativas al ensimismamiento ramplón y cobarde. Por eso la página se sumó al concurso de la publicación, lo ganó y por eso está aquí. Y verán:

El Jurado afirmó que un autor (desconocido y cuya identidad guardaba una plica) que hablaba del amor (o del desamor) con tal gracia, ironía y donaire, que une a la tradición cancioneril clásica (hasta el barroco «infierno y gloria») consignas, múltiples versos prestados, boleros, sones y sobre todo tangos, que suma a toda esa compleja urdimbre múltiples modos y variadas voces... era un poeta cubano. (Incluso se propuso nombre -que no repito- y lugar de exilio: Barcelona.) Tras las razonables dudas, alguien afirmó: cuanto menos ha de ser un poeta latinoamericano. Y no, es canario, de Las Palmas de Gran Canaria, y se llama Federico J. Silva.

Cuando se abrió la plica todos callaron y Este hombre que está junto a ti al borde extático del precipicio comenzó a funcionar del único modo en que debe funcionar un libro: por el rigor de las letras que lo arman.

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